Si fuera dirigente de un Estado árabe del Golfo, ordenaría inmediatamente una revisión de los acuerdos militares con Washington y buscaría apoyo formal de las fuerzas armadas de Turquía, Pakistán y Egipto para la protección y la defensa, no para fines ofensivos. Según este análisis, la seguridad real de los países del Golfo debería basarse en asociaciones regionales equilibradas, en lugar de una dependencia total de una potencia externa cuyas políticas cambian cada cuatro años.
La retirada de las fuerzas estadounidenses de los países árabes podría, en teoría, eliminar uno de los argumentos que Irán utiliza para justificar una posible expansión militar en la región. Apostar por una derrota iraní también se considera una suposición errónea. Incluso si el gobierno iraní sufriera un revés temporal, ello no equivaldría a la derrota de la nación iraní, que cuenta con más de 100 millones de habitantes y una amplia élite científica, política e intelectual. Resulta poco realista pensar que una sociedad de tal tamaño pueda ser sometida mediante ataques militares o cambios de régimen.
El presidente estadounidense Donald Trump estaría, según esta visión, impulsando una confrontación que serviría más a los intereses del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu que a los propios intereses de Estados Unidos. El conflicto actual no beneficiaría a Washington ni al denominado “Estado profundo”, que comprendería que la inestabilidad generada amenaza la estabilidad internacional y los intereses estadounidenses. Por ello, algunos centros de decisión en Washington podrían verse obligados a presionar hacia la desescalada, ya que una guerra prolongada no sería conveniente. En ciertos círculos políticos, cooperar con Irán sería considerado menos costoso que entrar en guerra con él.
En este contexto, Trump aparecería como alguien que fantasea con una victoria basada en la toma de la isla de Kharg.
Kharg Island es uno de los puntos estratégicos más importantes de Irán en el Golfo. Situada frente a la provincia de Bushehr, ha sido durante décadas el principal centro de exportación de petróleo iraní. La mayoría de los petroleros del país parten desde allí, lo que la convierte en un nodo clave de la economía iraní y de cualquier conflicto relacionado con la energía en la región.
Sin embargo, esta visión se considera simplista desde el punto de vista político. Irán dispone de alternativas logísticas para exportar su petróleo, mientras que la geografía de la isla podría convertirla en una trampa militar para cualquier fuerza que intentara establecer una presencia duradera. Además, Teherán mantiene la capacidad de responder afectando infraestructuras energéticas regionales, lo que podría generar una inestabilidad difícil de controlar.
Según esta narrativa, Trump perseguiría un objetivo simplificado: tomar la isla, declarar el fin de la guerra y proclamar una victoria histórica. Sin embargo, el control de un solo enclave no obligaría a Irán a rendirse.
El análisis también sostiene que el conflicto ya habría dañado uno de los elementos más importantes del poder blando estadounidense: la percepción positiva de Estados Unidos en parte de la sociedad iraní. Mientras que durante años una parte de la población iraní admiraba el modelo económico y cultural estadounidense, las confrontaciones reiteradas habrían contribuido a asociar la imagen de Estados Unidos con la de Israel, fortaleciendo las corrientes más hostiles hacia Washington.
Por último, se plantea que los países del Golfo deberían replantear las bases de su seguridad regional. La dependencia exclusiva de la protección estadounidense mostraría sus límites, abriendo paso a un modelo alternativo basado en equilibrios regionales con potencias del mundo islámico.
En esta línea, Pakistán Pakistan, con sus capacidades militares y nucleares, es presentado como un posible socio más estable en un esquema de disuasión que las garantías de seguridad sujetas a los cambios políticos de un presidente estadounidense impredecible.